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Lunes 17 de agosto, feriado. Fui  invitada por Andrea Vega, quien trabaja desde INTA con este grupo de gente maravilloso que nos presentó. Este ya es nuestro segundo año de trabajo en conjunto, pero no habíamos tenido hasta ahora la oportunidad de conocernos.
Después de más de dos horas de travesía sobre la lancha navegando el Delta llegamos al arroyo Filicaria donde viven.
Estos pobladores que viven en este entorno tan lindo, donde el río, la isla llena de árboles y el suelo tapizado de nueces pecán es su espacio habitual son los creadores de los cestos y bandejas que ya el año pasado fueron protagonistas de la edición de regalos corporativos del 2007 y lo serán nuevamente en la edición de regalos de Fin de Año.

Quisimos visitarlos para conocerlos y para experimentar de forma directa el proceso y todos los detalles del trabajo. Horacio alias “el negro” y su esposa  Leonilda nos recibieron en su casa y poco a poco nos fueron contando los pasos. Se trata de álamo que llega generalmente en barcazas desde diferentes lugares de las islas. Cada uno de los palos se hierve en bateas y todavía húmedo se coloca en un soporte especial, de forma horizontal y se cepilla y se le quita la corteza con una precisión impecable.

   

La medida de cada lonja de corteza que se extrae fue tomada con mucho cuidado, porque es con la corteza con lo que se tejen luego los cestos y bandejas.

El árbol queda totalmente pelado y por lo que entendimos con poco uso, leña en todo caso. Las tiras de corteza de álamo, todavía húmedas, se preparan para armar los diferentes objetos. Los moldes ya están previamente hechos en madera, con la forma y tamaño deseado. Con mano maestra, llena de nudos y durezas de tanto trabajar Leonilda es la encargada de tejer los cestos, recorta, teje y entrelaza y el cesto tomó forma. Luego deberá secarse en su molde hasta que pierda humedad.

Tanto “el negro” como Leonilda decidieron que hora que sus secretos  fueron compartidos, así que con la ayuda de Adriana, profesora de cestería y con ellos dos como supervisores y con una gran ayuda del INTA y Andrea su representante, hoy, luego de nuestra reunión aquel día y con la promesa de mi parte de comprar sus productos  y  de hacerlos conocer, se armó un equipo de trabajo que está aprendiendo los secretos de la técnica, practicando y empezando a crear cada uno de estos objetos tienen sus propias huellas.
Por nuestra parte, nos sentimos muy honrados de haber pertenecido a su mundo por algunas horas de un día un poco frío y nublado y por haber encontrado la oportunidad de ayudar a que este grupo de gente, que está un poco lejos de la gran ciudad, encuentre gente que valore su trabajo y que ayude con su compra a que ellos puedan seguir trabajando con los árboles que las mismas islas le ofrecen y con técnicas que comparten de generación en generación.

Gabriela Garcia

Templura

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